Emilio Del Carril siempre ha sido más que un colega; ha sido un compañero de viaje, alguien con quien compartimos esa búsqueda incansable por las palabras precisas, por las historias que resuenan en lo más hondo. Pienso en las conversaciones que hemos tenido, en su risa suave, en su manera de ver la vida a través de la escritura. Hay personas que dejan huella con un gesto, con una frase, y Emilio es una de esas almas que, sin pretenderlo, nos toca de una manera profunda. Hoy, mientras se le rinde homenaje, no puedo evitar sentir una mezcla de gratitud y nostalgia. Gratitud por todo lo que ha dado a la literatura, por los lazos que ha tendido entre su isla y la nuestra, y nostalgia porque, aunque no puedo estar a su lado en este momento, sé que nuestros caminos están entrelazados, como las historias que hemos contado y las que aún nos faltan por contar.
Emilio, un amigo entrañable y escritor de Puerto Rico, es quien nos dio la mano aquella primera vez en 2013, cuando los eventos del microrrelato tomaron su lugar en la Feria Internacional del Libro de Lima, Perú. Recuerdo haber tenido la fortuna de estar ahí, presentando su libro «En el reino de la garúa» y compartiendo, casi como si el tiempo no pasara, una conversación sobre el «Panorama de la minificción en Perú y Puerto Rico». Era 2014, y con aquella apertura, la Cámara Peruana del Libro me invitó a organizar las Jornadas Peruanas de Minificción en la FIL de Lima. Desde entonces, han sido 14 años ininterrumpidos. Emilio regresó a Lima en esa ocasión, para la IV Jornada Peruana de Minificción, y lo escuchamos en silencio, maravillados, mientras daba dos conferencias: «Microcuento: el problema nominal» y «Microficción: corpus y canon». Dos años después, en 2016, Micrópolis publicaría su obra «Entre soles, amores y desamores».
En Perú, Emilio es más que un escritor; ha sido un puente. No solo entre la minificción y la Cámara Peruana del Libro, sino entre nosotros, los que escribimos, y el impulso para seguir haciéndolo. Siempre generoso, siempre dispuesto a apoyar cada nueva aventura literaria que se gestaba aquí, y siempre con esa calma de buen profesor, sabiendo aconsejar a quienes lo necesitaban.
Pienso que Emilio ya forma parte de esta Lima, de esa garúa que, sin que lo notemos, nos cubre a todos y, de alguna manera, nos despierta. Saber que en este XII Congreso Internacional de Minificción en Puerto Rico se le rinde homenaje me llena de alegría. Ha sido un hombre que, con silenciosa tenacidad, ha trabajado por la minificción no solo en su país, sino en el Caribe y más allá. Es, sin duda, un embajador que lleva consigo la esencia de Puerto Rico. Hoy, como mencioné, las circunstancias no me permiten estar presente, pero sé que Emilio está emocionado, y este reconocimiento en Perú lo sentimos también como nuestro. Desde la distancia, desde la tierra de los incas, envío un abrazo a todos los colegas y amigos.
«Desde aquí, donde la garúa sigue cayendo, celebro contigo, Emilio, y con todos aquellos que, en silencio, han hecho de la palabra un puente que nos une».
Alberto Benza