Por Alberto Benza González
En el año 2007, cuando se dio inicio a la travesía periodística de El Portal Celeste, un rincón de luz se alzó en el vasto horizonte informativo. En aquellos albores, como faros que guían a los navegantes de la pluma, surgieron figuras que se tornarían referentes imprescindibles en el campo del periodismo deportivo. Entre ellos, resplandecía la pluma exquisita de Oswaldo Cuadros Lazo, cuya destreza literaria y sagacidad trazaron la ruta que debían seguir los incipientes cronistas.
El destino tejía nuevos hilos en la tela de la crónica. Pronto, Luis Miguel López Cano emergió como una mente iluminada, un genio entre los comentaristas, disecando cada encuentro del equipo rimense con aguda perspicacia. Sus palabras eran un manantial de análisis, un tributo a la inteligencia que fluye entre los recovecos del juego.
El viento narrativo cambió de dirección una vez más. En la encrucijada apareció un columnista cuya pluma desbordaba chispa y viveza, digna heredera del espíritu del puerto del Callao. Manuel Araníbar Luna, su nombre se convirtió en sinónimo de calidad. En su sección “Esquina Celeste,” las páginas cobraban vida, impregnadas por la experiencia acumulada a lo largo de una existencia repleta de matices. Un humor fino y travieso fluía con naturalidad, como el vaivén del mar que acaricia las orillas.
No cesa mi asombro ante la maestría con que Manuel plasma cada episodio futbolístico o personal. Animado por su talento inigualable, lo incité a tejer microrrelatos, y su pluma se desenvolvió con destreza, tejiendo ironías y dobles sentidos que despiertan sonrisas y carcajadas. Manuel nos conduce con maestría por el mundo del microrrelato, regalándonos el placer de su prosa condensada.
En la «Esquina Celeste» en sus escritos que publica, siempre lo leo con devoción. Inevitablemente, Manuel arranca sonrisas, alivia la pesadez de días sombríos y aporta luz en medio de jornadas agobiantes. Mi mente imagina a un joven Manuel en su rincón en el Callao, arrancando risas a carcajadas a vecinos y curiosos que se acercan para escuchar sus relatos.
Y no puedo olvidar aquella vez en que Manuel compartió la partida de Omar Dante. Los años posteriores me revelaron la grandeza de su hijo como poeta excepcional, confirmación de una herencia literaria enraizada en el corazón familiar. La entereza con la que Manuel aceptó la partida prematura de su hijo despierta admiración, un aplomo que contrarresta la lógica de la vida y la muerte. Los recuerdos de Omar perduran como faros que guían sus pasos.
Hoy, mi querido Manuel, este amigo entrañable, nos obsequia un libro de microrrelatos, un pasaje hacia Liliput, tierra de maravillas literarias. En sus páginas, lo fantástico se entrelaza con su irónica sagacidad, tejida con la inteligencia que solo él puede insuflar en sus historias. “Viaje a Liliput” se ha convertido en mi compañero constante, un bálsamo que suaviza los días grises y las tensiones de la vida. En cada palabra, siento el cálido apretón de su mano en mi hombro, un gesto de ánimo y alegría que me impulsa a seguir adelante.